jueves, 22 de octubre de 2009

El chongo sufrido.

El precedente título tiene como objeto resumir y poner especial énfasis en la situación del chongo solitario, lo que siempre me ha acongojado porque si se observa con atención, el chongo durísimo que transita una existencia apartada y silenciosa sufre, a mi entender, la ansiedad de querer y no poder. Es más, cuando uno ha pasado por alguna situación similar, y qué difícil es reconocerlo, la única duda que permanece es la de no tener posibilidad de saber con precisión lo que le pasa al otro. Pero en este caso no importa porque se trata del relato de los hechos y no de su análisis.
Cuestión que cuando en enero nos mudamos desde el Mondongo City a Barrio Norte, la gitana y yo nos encontramos con que en nuestra cuadra había no dos chongos sino cinco. Tan nutrido grupo está conformado por la gitana, yo y los tres chongos mecánicos de la mano de enfrente, solitarios y durísimos a más no poder. Apenas tomé conocimiento de semejante noticia quise saber más y de inmediato intenté ponerme en contacto para sociabilizar, joder, si a fin de cuentas éramos todos los que estábamos y estábamos todos los que éramos. En el mismo instante en que comencé a manifestar mis excelentes intenciones la gitana dijo:
- No, vos estás loca, son todos unos chongos sufridos, no podemos. Además, ¿qué querés hacer, ir a la puerta de “Mecánica Ligera” y presentarnos como los chongos vecinos de enfrente?
- Podés ir vos a que te vean la moto, cuando se le rompa algo. Después llego yo como que te ando buscando justo que saqué al perro y te vi y listo.
- Pero me querés decir para qué querés conocerlas?

Yo no sé si quería conocerlas, pero cuando Gabi mencionó la palabra “sufrido” se me estrujó el corazón.
- ¿En serio son unos chongos sufridos?
- Andá y fijáte, vas a ver. Yo no te lo quise decir pero hace un par de días, trabajando en la mensajería, me mandaron a buscar un paquete al taller.
- ¿¡Justo ahí!?
- Y sí. Y cuando entré no había nadie asique tuve que ir hasta el fondo que llega más o menos a mitad de manzana hasta que me encontré con una. Las otras dos no estaban.
- ¿Y?
- Un garrón. Cuando me vio le cambió la expresión en la cara, como si estuviera frente a una amenaza nuclear, así. Y cuando le dije que iba de la mensajería por el paquete estuvo cuarenta y cinco minutos para decirme que ella lo había pedido pero que era para las otras dos que ahora no estaban porque se habían ido a Capital a comprar unos repuestos.
- ¡No ves lo que te digo!
- ¿Qué?
- Esos chongos están sufriendo. Tenemos que conocerlas, presentarles gente, llevarlas a algún lugar donde puedan dar rienda suelta a todo su potencial. Vos sos bastante mala, como ya conseguiste pareja no te importa la felicidad de los demás, pero a mí sí. Es una cuestión de camaradería al menos.
- No sé, hacé lo que quieras.

La verdad es que no había forma natural de entablar relaciones con los chongos sufrientes, pero su desgracia me tenía apesadumbrada. Pensaba en que eran jóvenes y chongos, ¿qué más podían pedirle a la vida? Y si embargo ahí estaban, lamentándose por todo lo que les gustaría hacer pero les está vedado, porque no se animan o porque en todo caso no podrían dejar de sentir, de hacerlo, que estarían faltando a su esencia de chongo. Mi idea era hacerles ver cuáles y cuántos eran sus atributos, suficientes para que más de una niña les preste atención.
Pero como la gitana es una cortamambo y, como ya expliqué, no había modo corriente de contactarlos, tuve que olvidarme de ellos.
Un día estaba paseando a mi perro por la rambla, que era cuando generalmente podía divisarlas desde el fondo, cuando veo que uno de los chongos ha salido a la puerta y se dirige hacia un auto en compañía del dueño.
Venía el chongo por la vereda platense caminando como si la vida le pesara en la espalda, pero atención: no iba lamentándose, sino que sostenía el peso erguido. Enfundado en un overall azul con cierre adelante y zapatos negros de trabajo, llegó hasta el coche, lo abrió y empezó a revisarlo mientras el cliente lo miraba sintiéndose sólo un poco violentado en sus costumbres masculinas. El chongo se levantó un momento, se volvió a atar el pelo, se arregló la gorrita y siguió trabajando.
Esto que les estoy contando es verdad, aunque parezca un cuentito.
Y aunque este chongo, gracias a su porte y actitud, tendría que estar lleno de minas, lo cierto es que vaga solitario y triste porque esa vida que le pesa no es un cuento, es verdad. Es un chongo sufrido. ¿Por qué ocurre esto? Hasta hoy los veo y sigo pensando, porque cuando los encuentro nada en sus expresiones ha cambiado y no son el primer caso que conozco. ¿Será sólo una actitud y yo me estoy haciendo la película? ¿Hay casos similares en esta ciudad o en otras? ¿Cuál sería el método más apropiado para contactarlos?

2 comentarios:

  1. Mandalo a la AACH y quizaq los propios chongos te puedan contestar la pregunta. Saludos

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  2. Acabo de ver tu comentario en la AACH, y bueno, pasé por aquí... Querer y no poder? Te diría que no soy chongo (más bien todo lo contrario...) y no te preocupes, también quiero y no puedo...
    Un placer visitarte...Te sigo y veremos cómo continúa este "sufrimiento".
    besos!!
    Ana

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